El Mundo No Terminó… Del Todo.

Ahí estaba, recostado con la mirada perdida en algún punto más allá de su techo. Con esa estúpida sensación que se tiene cuando todo va de maravilla y de repente caes en una especie de bache y todo parece querer irse al mismísimo pepino. “Hoy se acaba el mundo, vive la vida. ¡Disfruta!” Bromeaban todos sus allegados.
“A veces desearía que en serio se acabase y todo se fuese de verdad a freír monos” -se repetía a sí mismo. “Pero eso no cambiaría las cosas” -repetía otro lado de su conciencia con la misma insistencia que la primera. Se levantó, abrió una cerveza y volvió a tumbarse en el suelo. Qué aburrido se había vuelto todo y, tristemente, era imposible cambiar las cosas por sí solo: “Adaptarse o morir… Puta evolución! Yo quiero poder avanzar siendo diferente. ¿De qué me sirve adaptarme? ¡Soy como un pequeño juguete en una fábrica de juguetes china!”
Empezó de pronto a sentir que algo se desprendía de su ser, empezó a dejar de sentir sus extremidades, los sonidos se hicieron cada vez más lejanos, perdió el control sobre su cuerpo y de pronto… Nada. Una nada tan pacífica y eterna que se sentía inseguro de si debía relajarse o asustarse. Al final lo tomó con calma, se asustó primero, luego se concentró y empezó a calmarse, analizando todo lo que podía significar estando en ese estado. Pero era inútil, sólo le quedaba sentir y eso fue lo que hizo.
Ya habían empezado a acentuarse sus contradictorios sentimientos de angustia y tranquilidad cuando un sonido poco común le hizo recobrar la conciencia. Habían pasado dos horas desde el momento en que se quedó dormido. Y el mundo seguiría su curso, con o sin él. Ya más despierto, concluyó: “El mundo aún no se ha acabado… Y realmente no vale la pena que lo haga”. Con una repentina determinación se colgó al hombro su chaqueta y salió disparado por la puerta.