Publicidad: ¿Es eso lo que creen que pensamos?

Es realmente gracioso ver las pautas publicitarias en televisión cuando Lexa está sentada al lado. Ver, en el sentido específico y literal de la palabra. Porque escucharla no es realmente posible en esos momentos. Y es que si una cosa me da risa del corte de los anuncios al ver TV en casa es que de inmediato ella empieza a pelear con la televisión, como si alguno de los personajes del otro lado de la pantalla fuese a escucharla de algún modo. Al principio, admito, se me hacía algo molesta la situación, luego empezó más bien a darme risa, pero últimamente me he puesto a reflexionar: ¿Realmente hay gente tan cabeza hueca como la que pintan en las pautas publicitarias? ¿Somos así de estúpidos o en su afán de “vendernos felicidad” nos instalan la estupidez en el cerebro?
Mi momento de reflexión llegó al empezar a buscar y detallar las pautas publicitarias que despertaban semejante reacción en ella y contrastándolas con las opiniones de Patricio Pitaluga y la verdad al final de mi hora de TV también terminé preguntándome. ¿De verdad pensamos así todos? Porque particularmente nunca he visto a Lexaleth dando carreras por la casa como loca (que tampoco es que haya tanto espacio para hacerlo) preguntándose si se compra un nuevo par de tetas. Mucho menos la he visto nunca tirar los pantalones por la ventana y saltando en alegría en una falda sólo porque le compré las toallas sanitarias. “¿Tu sabes lo ladilla que es una toalla de esas?”, es lo más parecido a un ” testimonial de experiencia de vida” que he conseguido de ella.
Entiendo que quieren vender y que cada vez somos más duros para comprar, pero pintarnos como unos perfectos idiotas porque “queremos” o “tenemos que” usar sus productos me parece no sólo una mayor perdida de tiempo, pero una verdadera ofensa. Yo, particularmente, soy de los que compra lo que necesita según su capacidad adquisitiva. No me siento un ser maravillosa y utopicamente feliz por el simple hecho de comprar una bebida de marca, es más, cuando tengo ganas de un refresco, cualquier vaina que sepa bien (y que luego sirva para decorar con un hermoso frasco o matero de reciclaje es suficiente para calmarme la sed.
Creo que no somos estúpidos por naturaleza, sino que más bien un grupo con la inteligencia de un caracol nos ha contagiado de su estupidez con tal de vendernos cualquier porquería que en realidad nunca hemos necesitado… Me disculpen los caracoles.