Querida señorita en la fila del cajero…

Debo decirle, permítame decirle, sin que se ofenda o espeluque, que la amo. ¡La amo! Como me enseñaron que he de amar al prójimo, o como un chimpancé ama al resto de su grupo. Es, sin embargo, un amor de tolerancia, un amor de respeto, un amor de paz, de igual. Que nada tiene que ver con la pasión, con el ardor de los besos, o con el alivio que produce dormir al lado de la media naranja. Así, de ese último modo, no la amo, por eso le suplico, cuando esté detrás de mi en la fila del cajero: ¡No se pegue!

No es nada personal, no tiene nada que ver con su dulce perfume —aunque debo decir que no soy nada fan del perfume dulce, prefiero los cítricos- o con el hecho de que son las cinco y treinta de la tarde y ambos tenemos horas caminando bajo el radiante sol y sudando como, naturalmente, sudamos a esas horas, ¡a cántaros! Tampoco es discriminación o racismo, pues como dije al principio, trato de amar a todos los de mi especie —y todas las otras- por igual.

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No es usted, soy yo. Nací y crecí siendo hijo único en un hogar de padres trabajadores, con toda la casa y los juguetes y el internet para mi solo y, de paso, soy introvertido. Eso ha hecho que mi espacio personal sea tan pero tan amplio, que cualquier cosa que tropiece constantemente conmigo me hace sentir encerrado, atrapado y, de paso, nervioso —sentir el peso de sus brazos en el morral que cuelga a mis espaldas me produce la irremediable paranoia de que puede estar intentando abrirlo-.

Es algo que no puedo controlar y que incluso me traiciona cada noche, cuando intento dormir abrazado con aquella a la que sí amo de corazón y ganas: la abrazo con todo mi calor mientras estoy despierto, pero luego mi insoportable y fastidioso “yoalternativo” le da un odioso empujón hacia Australia cuando estoy profundamente dormido. Antes solía romperle el corazón, pero ahora por fortuna se ha acostumbrado, y me obliga a mantenerme a su lado con un fuerte abrazo de oso, hasta que mi “yoalternativo” se sofoca y nos deja en paz.

“Yoalternativo” es un tipo paciente, pero empieza a ponerse eufórico cuando, en un intento por recuperar mi espacio personal, me retiro dos pasos hacia adelante, o a un lado, para escapar de su inconsciente e incómodo ataque… ¡Y usted vuelve a acercarse, “apoyando” de nuevo sus brazos en mi morral! Nunca he visto que la corneta de un auto logre despejar un embotellamiento, del mismo modo que nunca he visto que un empujón a 6 metros del cajero haga que los de adelante salgan más rápido. ¡No pasa! Así que no estoy avanzando para mirar a escondidas las conversaciones de quien está delante, ni avanzo para darle a usted la esperanza de que estamos algo más cerca, lo hago para huir. Por mi vida, por mi privacidad, por ese odioso y egoísta espacio personal que mi crianza y mi naturaleza humana hicieron más amplio de lo que yo mismo a veces puedo soportar.

Lo más irónico del caso, es que si yo fuese el que, inconscientemente, se acercara a usted algo más de la cuenta en la misma fila, usted voltearía y me miraría fijamente, exigiéndome que “no sea pasa’o y no me arrecueste”. Así que, por última vez, de todo corazón: ¡No se pegue!