El abuelo y las llaves

Mi abuelo es todo un amor… Y también el dolor de cabeza más grande de nuestra familia. Mi abuelo tiene algo que realmente puede ser admirable y también muy incómodo… El ama a la gente. La ama como dice La Biblia que hay que amar al prójimo! Es de esos que no tiene problemas en salir del trabajo a comprar una bolsa de panes dulces para ir a visitar a “menganeja” y dejarle unos pancitos de recuerdo.
Lo admiro porque yo no puedo ser igual, yo me considero más recíproco que amable, pero nunca podría dar tanto afecto a una persona totalmente extraña, que probablemente la mayoría de las veces pensará: “ahí viene el flacuchento ese feo y fastidioso! Ojalá deje el pan y se vaya! Fulano! Ponme a quemar la carne para tener algo por qué salir corriendo y tirar la punta!”. Lo cierto es que mi abuelo ama sin esperar a cambio y el día del juicio estoy seguro de que será uno de los pocos que SÍ irá al cielo. En fin, el amor de mi abuelo es el que da nacimiento a este post.
Luego de cerrar el negocio, decide que va “un momentito a visitar a Menganeja”, antes, pasa por la panadería comprando las acemitas de siempre, que no pueden faltar en la visita. “¿Estás apurado o te llevo de una vez?” escuché. En ese momento bajé la mirada y vi a mi lado dos bolsas de hermosas acemitas dulces que me miraban fijamente cantando a coro “sóoooolo una… Róbate sólo uuuuunaaaa”. Luego de escuchar atentamente al canto, me preparé para estrenar mi Nokia Xpress Music y respondí “si no es tanto tiempo —¡vamos! Que se que se tarda MUCHO en una visita rápida— está bien, de todos modos no tengo nada que hacer!”
abuelo
Y allá fuimos, al polo opuesto del pueblo, yo rodeado de acemitas y Nickleback mientras el buscaba la calle correcta. En ese descuido metí mi mano en una de las bolsas… ¡Una menos! Luego lo vi bajar a verificar si era esa la casa y escondí la acemita robada. “Pásame una de esas bolsas, nieto”, escuché, y no tengo que decir que le pasé la bolsa que ya había sido desvalijada. Mientras lo veía alejarse, sustraje una acemita de la bolsa restante, ¡a comer!
Vaya que era agradable el sabor de las acemitas y la compañía de la buena música. Pero al cabo de media hora comencé a aburrirme y el abuelo encadenado. Miré al tablero y vi las llaves pegadas (hasta dejó las llaves…) En seguida tomé las llaves y las escondí debajo del asiento, tomé otra acemita de la bolsa, paré un taxi y volví a casa. Sólo era cuestión de esperar.
Tiririiiri tiririiiri tiririiririiiii
Sí, ¡buenas noches!
– ¡Nieto!
– ¡Abuelo!
– ¿Dónde está?
– ¡Llegando a mi casa!
– ¿A su casa? ¿Y por qué se fue así?
– ¡Si señor..! Bueno, podía haberme traído la camioneta pero…
– Y… ¿Y mis llaves?
– ¡Bajo el asiento..!
– ¡El asiento..!
– ¡Sí señor!… El asiento…
– Y ya usted se fue…
– Yo ya me fui… digo… me vine…
– Bien…
– ¡Muy bien..!
– Eeeehm… ¡se me pasó la hora nieto!
– No se preocupe abuelo… ¡Que a mi se me pasó una acemita!
     Mi abuelo es un amor!