Estaba loco y deseaba haberlo estado antes

Esa mañana empezó como cualquier otra, desperté antes que mi despertador, besando en la mejilla a Isabel, mi esposa, que esa mañana podría darse el lujo de seguir durmiendo un poco más. Me levanté y monté el café y la olla en que prepararía el guiso para el almuerzo, ya ella había dejado el resto listo la noche anterior.

Una vez listo todo en la cocina corrí al baño y tomé una ducha de agua fría. Prefiero el agua caliente, pero el agua fría me ayuda a despertar más rápido y me mantiene fresco por más tiempo, pronto tendré que enfrentarme al caluroso clima del centro del país. No estaba precisamente feliz, pero “estaba bien”. La cosa empezó a salirse de su rumbo cuando, sentado en la cama para empezar a vestirme la mano de mi esposa que revoloteaba alegremente dormida en la cama rozó una pequeñísima parte de mi piel. De inmediato me lancé sobre ella sin importarme nada de lo que había en la cocina, o la hora, o el trabajo. Un mensaje de texto entró en ese momento a mi celular y lo empujé muy sutilmente fuera de la cama, nada echaría a perder mi momento de rebeldía.

Eran las 9:00 de la mañana cuando salí del cuarto aún desnudo con una sonrisa inmensa en los labios, ella dio un suspiro de satisfacción y volvió a dormirse. Levanté el celular: “Recuerda la reunión”, reunión una mierda. Me vestí, monté la bicicleta y me fui a pasear, compré unas empanadas, un jugo, un chocolate para ella y me perdí por recovecos de mi propio barrio que ni sabía que existían, ¿Era peligroso? También me importaba una mierda, esa mañana era libre.

Fue a las 11:00 de la mañana que decidí salir al trabajo, pero ni siquiera me puse el uniforme. Volví a subir a la bicicleta y me lancé con mis audífonos puestos por todos los “caminos verdes” rumbo a mi trabajo. El vigilante me saludó con una sonrisa, al parecer se notaba la frescura en mi cara, frescura que salía de mi espíritu y mi alma. “¿Quién coño te crees que eres?” escuché el grito detrás de mi seguido de un trabalengua de palabras, insultos, reclamos y reproches que no alcancé a entender. Me tomaron por el hombro y me dieron vuelta violentamente y, por instinto, alcé la mano en la que empuñaba mi celular y terminé estrellándolo violentamente contra la sien del pobre hombre, al que de inmediato se le fueron apagando los gritos mientras caía en cámara lenta, de bruces, al suelo.

“Un hombre, como usted. ¡Un hombre libre, cansado, que hoy quiere vivir!” grité, orgulloso. Asustado, sí… ¡Pero orgulloso! No había terminado él de pronunciar las palabras cuando le interrumpí con un “¡renuncio!”. “¡Estás loco!” gritó él.
Tomé nuevamente mi bicicleta y volví a la calle, el vigilante con una sonrisa todavía más grande me ofrecía los cinco, que recibí vigorosamente. Me disparé a toda velocidad por la carretera, escuchando las voces de los conductores: que me gritaban “loco” una y otra vez. En la acera, un bonito perro callejero vagaba sucio y hambriento, lo tomé bajo mi brazo y seguí mi camino.

 

loco, tome un perro callejero y me marché
Imagen con licencia CC, tomada por kendra

Al llegar a casa le di un buen baño, le di de comer y le puse una sencilla correa azul, el perro era hermoso ahora que estaba limpio, y después de juguetear con el para entrar en confianza, lo ubiqué en un rincón de mi departamento. Mi madre, que vive al lado, se sorprendió al escuchar los ladridos y se asomó por la puerta abierta a mirar. Mi esposa le saludó y de inmediato se puso a jugar con el cachorro.
– ¿Es eso un perro? –preguntó mi madre-
– Así parece –contesté con cierto sarcasmo-
– Uhm… ¿Y lo tendrás acá?
– Eso creo…
– Te has vuelto loco, ¿lo sabes?
– Sí… Y que feliz me siento… ¡Me gustaría haber enloquecido antes!