Relato – Un Jefe Muy Social

Pedro Amigodetodos era un tipo social, amable, abierto y carismático. Disfrutaba de la compañía, de hacer reir a los demás con sus chistes y de inspirar a todos con su discurso. Por eso, cada dos o tres tardes improvisaba reuniones para disfrutar de la compañía de sus empleados y romper un poco el formal y frío hielo del entorno laboral.

Esa tarde, Luis Miguel Ramirez trabajaba como de costumbre, aunque miraba con algo más de afán el reloj. Era un tipo calmado y que no se hacía notar, sin embargo en ese momento parecía bastante inquieto.
– Me voy a almorzar –dijo a su supervisor cuando por fin el reloj marcó la esperada hora
– ¿Estás loco, Luis? Tenemos una importantísima reunión dentro de 40 minutos, a Amigodetodos le molesta que falten a las reuniones, no te puedo dejar ir.
– Pero vivo a media cuadra de aquí, sólo necesito media hora para ir, comer y volver.
– ¿Y si algo te pasa? ¿Cómo le voy a responder yo a don Pedro por tu ausencia?
– ¡Es importante vale! Sólo dame 15 minutos y estaré aquí justo a 5 para la reunión.
– ¡No, vale! ¡No! Fin de la discusión, te quedas aquí hasta después de la reunión, te devuelvo el tiempo después de que salgamos, si quieres. Pero te quiero en esa reunión y no me voy a ganar un regaño por tu culpa.
Enojado, nervioso e impaciente, Luis se sentó nuevamente en el escritorio. Llegada la hora de la reunión, todos entran y se sientan, don Pedro hace una serie de chistes buenísimos de los que nadie se ríe, carraspea y le da la palabra a la directora de recursos humanos. La susodicha, sin siquiera dar las buenas tardes, disparó.
– Disculpen las molestias, hubo que convocarlos a todos para notificarles que alguien usó los baños esta mañana y fue un desastre. Les recordamos que los baños están fuera de servicio, no hay papel higiénico ni agua, así que por favor absténganse de usarlos o serán amonestados.
– ¿Eso era todo? –Preguntó Luis, todavía nervioso y enfadado.
– Sí, ya se pueden ir –dijo la borrega encogiéndose de hombros.
Todos salieron en silencio y el supervisor, que iba detrás de Luis, le da dos palmadas en el hombro con una sonrisa de caja de cereal en el rostro.
– ¿Viste que no era gran cosa? ¡Relájate! Tu siempre complicándote. Vete a almorzar y vuelve a las 3:00, te doy la hora que te quité antes, como prometí.
– Ya se me quitó el hambre… –respondió Luis, inexpresivo y pálido.
– Y a tí quién te entiende… ¡Epa! ¿Y ese repentino olor a mierda?
– Es tu destino, pendejo, que viene a buscarte.
Ya no le importaba salir, ni almorzar, ni la reunión, ni un carajo… Durante la reunión, Luis ya se había cagado en los pantalones.