Lo de renunciar era verdad

Pensé que era mentira hasta que me tocó vivirlo…

Sí, tengo que confesarlo, sin ánimo de ofender a sus autores, siempre me parecieron tontos esos artículos de tipo «renuncia y haz tus sueños realidad», «ene cantidad de razones para renunciar y hacer lo que te dé la gana» y así.

Siempre he pensado que en una sociedad tan egoísta como la actual, y en una economía tan volátil como la de mi nación, renunciar para hacer lo que quieres era sinónimo de morirse de hambre e incertidumbre. Si tienes un empleo seguro, con buen salario y estabilidad, ¿para que lanzarte a dar tumbos a contracorriente por la vida?

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Tengo que reconocer que así me criaron, la verdad. Nunca tuve mi propia banda de rock porque mi familia me metió en el coco que me moriría de hambre, porque «en este país la música no paga», y en principio estudié Informática en lugar de Comunicación social porque «es una profesión más segura y mejor remunerada», a pesar de que desde hace mucho tiempo la segunda es definitivamente mi pasión.

Así que cuando alcancé ese codiciado puesto tras el escritorio de informático de una reconocida institución de mi pueblo, me sentí realizado. El máximo logro: salario mensual, fines de semana libres, contrato por un año… era perfecto.

Pero lo perfecto no dura para siempre. No me quejo del ambiente de trabajo, había relativa tranquilidad —exceptuando, claro, el estrés laboral común—, mis jefes son excelentes personas y la paga era promedio. El problema era que, tras casi cinco años, mis tareas se completaban casi por automatismo y seguía sintiendo que faltaba algo, todas mis funciones me parecían tontas y sentía que estaba atado bajo la sombra de un frondoso árbol: cómodo, pero estancado.

Y fue cuando supe que era cierto

Para el momento en que ese sentimiento de encierro se hizo abrumador, me sentí contento de haber perseguido mi sueño, ya estaba culminando la carrera de Comunicación social y sólo hacían falta unos meses y algunas horas de práctica profesional para convertirme en todo un profesional de la comunicación, así que decidí empezar a buscar el lugar ideal para esas prácticas.

Lo encontré en una pequeña estación radial que forma parte de una gran organización no gubernamental: Fe y Alegría. Mis prácticas consistirían en apoyar en la conducción de un programa radial, así como redactar notas de prensa para ese formato.

Fueron dos semanas intensas, el programa se transmite a las 5.00 a. m., por lo que permanecería en la estación desde las 5.00 hasta las 10.00am, para luego irme a mi trabajo habitual, a kilómetros de distancia, hasta las 4.00 p. m. ¡Era agotador! Pero descubrí que las horas que más disfrutaba eran esas 5 que pasaba en la radio.

La sorpresa llegó cuando me dijeron «tienes lo que buscamos, y te gusta el horario… ¿qué opinas de trabajar para nosotros?». Mis padres y mi esposa se emocionaron, el resto de mi familia se angustió, pero yo estaba feliz.

¡Y renuncié! Estaba aterrado —y aún estoy algo nervioso— pero me lancé. Quería ser comunicador y ahí estaba delante de mí la oportunidad y la abracé con fuerza. ¡Qué bien se siente!

Este viernes se cumplió mi primera semana como comunicador, ha sido agotador y he tenido momentos de muchos nervios y vergüenzas. También he conducido dos programas además de aquel por el que fui contratado, he entrevistado a personas en la calle, he redactado una decena de notas y hasta he diseñado —porque informático nunca dejaré de ser— un blog para la estación.

Siento que crezco cada día y que avanzo otra vez, por fin. Aún no tengo idea de si resulte, o de hacia dónde voy, pero estoy realmente agradecido por las oportunidades y muy pero muy feliz de haber saltado.