Seminario de Horror (II)

Intenté disimular acelerando el paso y desviando la mirada hacia otro lado mientras pasaba a espaldas del hombre, sin siquiera mirar hacia la casa, pero apenas le dejé atrás empecé a sentir un desesperante peso en la espalda. Empecé a ponerme nervioso, algo me decía que tenía que alejarme tan pronto como fuera posible de ahí y apenas llegué a la esquina, por razones que sólo el instinto de supervivencia podría explicar, doblé a la derecha, en lugar de seguir en línea recta como se suponía que tenía que hacer. Y empecé a subir la inclinada calle que parecía llegar hasta una pequeña urbanización en la cima de una colina. No puedo ni siquiera recordar lo que había a mi derecha, quizás algunos árboles, no lo se. A mi izquierda había una alto paredón que se iba haciendo más bajo a medida que me acercaba a lo más alto de la calle, pude divisar una calle en esa dirección, así que crucé y me dirigí allá. El miedo me invitó a mirar atrás y lo hice por apenas una fracción de segundo, ahí estaba la silueta de aquel hombre, doblando la esquina en la dirección que hacía segundos yo había tomado… ¡Venía hacia mí!

Ya fuera de su campo visual, pero sabiendo que aún venía hacia acá, di un rápido vistazo a mi al rededor. A mi izquierda y al frente había dos calles que daban acceso a los bloques de casas de la urbanización, aparentemente no había otra vía de acceso que esa por la que yo había llegado. Sin pensarlo más, corrí nuevamente hacia la izquierda y como si fuese un juego de niños, me escondí entre las columnas de la entrada de una de esas casas, más bonitas y grandes que las que había dejado abajo en la calle. Esperaba que por alguna razón el hombre decidiera que no valía la pena buscarme ahí.

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Pasarían apenas dos minutos cuando una bonita camioneta familiar se estacionó justo frente a la casa y un grupo de personas, la mayoría niños, empezaron a bajar. La conductora bajó y yo no había terminado de preguntarme quién era aquella gente cuando la mujer me abordó bruscamente, haciéndome un montón de preguntas. Honestamente no escuché ni una palabra pues tantos sustos continuos habían entumecido mi cerebro, así que mi única opción fue guardar silencio y esperar a que el huracán de indagaciones pasara.

Por fortuna, otra joven apareció en la escena con una actitud diferente a la mía y la de mi interrogadora, “dale espacio, está más chorreado que tú”, dijo. De inmediato hubo un reconfortante silencio. “Creo que alguien me persigue porque vi y escuché algo que quizás no debía”, alcancé a decir por fin, agregando “y sí, estoy terriblemente chorreado”. Enseguida se pudo notar en sus caras el asombro y la “calmada”, con cierto recelo y sin quitarme nunca la vista de encima, nos hizo pasar.

El interrogatorio volvió a empezar, está vez frente a un pequeño escritorio, poco a poco y ayudándome de mis documentos y credenciales les fui explicando quién era yo y cómo había llegado hasta aquel lugar. Una revisaba detalladamente todos mis documentos mientras la otra se alternaba muy hábilmente entre una computadora portátil y su teléfono celular. Hasta mi jefe tuvo que colaborar vía telefónica con mi identificación, ya que aquellas mujeres consideraban que yo intentaba robarles, aclarado el asunto, empecé a contarles lo que había pasado horas antes.

Les hablé de mi caminata, de la casa, del hombre hablando aparentemente con el suelo, de la pistola y de las palabras que dijo, así como de la aparente persecución que me obligó a refugiarme en la entrada de su casa, les dije que sólo quería llegar a mi hotel ubicado unas cuadras más abajo y olvidar aquel evento. Al final, ambas acordaron llevarme esa misma noche y olvidar todo el asunto, pero antes, querían averiguar quién era el sujeto y si estábamos todos a salvo, yo honestamente estaba desesperado y solamente quería olvidar todo eso y volver a mi ciudad, pero no me quedaba más remedio que esperar. Una de ellas me ofreció una taza grande de café y unas galletas saladas que no pude rechazar y se sentó a seguir haciendo llamadas mientras la otra buscaba con mucho cuidado en la base de datos de un extraño buscador instalado en el computador.

Casi oscurecía cuando un hombre de estatura media, delgado y de cabello corto entró por la puerta principal, saludó y entonces fue cuando empecé a entender quiénes eran ellos, el hombre era el esposo de mi interrogadora, mientras que la otra mujer era su hermana, los chicos eran los hijos de ambas y estaban todos de visita en casa de los padres de ellas, propietarios de aquella casa y por fin, conocí también los nombres de mis tres acompañantes en aquella sala.

Ya empezaba a sentirme tranquilo, ellas habían conseguido identificar al sujeto y habían hecho llamadas a cuerpos de seguridad y otras personas, él conversaba con un colega aparentemente sobre el mismo tipo, pero no quise preguntar. Por fin llegó el momento de volver a mi habitación, ellos conversaban sobre una u otra cosa, yo sólo miraba por la ventana y pensaba en todo lo que había pasado. El auto por fin se paró frente a la posada y me despedí, feliz de saber que pronto descansaría un poco. Y así fue, fue una noche increíble y reparadora.